Ya desde tiempos inmemoriales, y por culturas muy distintas a la nuestra (que incluso dan mucha importancia a la ciencia y la medición), se ha planteado el por qué, de que algunas personas sigan juntas a lo largo de sus vidas y otras no.

¿A qué se debe esto? Es verdad, que algunas relaciones se rompen de repente y otras perduran por siempre. Parece misterioso como el destino une a las personas, o por el contrario, las separa.

Según este mito oriental, ciertas relaciones sentimentales estarían predestinadas por un hilo rojo que un dios ata al dedo meñique de aquellos que tienen como objeto encontrarse en la vida.

La leyenda cuenta, que si el destino tiene preparado que una persona

 se una con otra, así será bajo cualquier circunstancia.

Según la misma, aquellos que estén unidos por el hilo rojo, están destinados a convertirse en almas gemelas, y vivirán una historia importante, sin perjuicio de cuánto tiempo pase o las circunstancias que se encuentren en la vida. El hilo rojo puede enredarse, estirarse, tensarse o desgastarse… pero nunca romperse.

Ahora bien, los japoneses no limitan estas conexiones al amor de pareja como tal, sino que determina todas las relaciones con significado que podríamos tener en nuestras vidas: mejores amigos, alguien en el que causaremos (o nos causará) un impacto…

 

Otra de las leyendas más famosas sobre el hilo rojo cuenta la historia de cómo un emperador conoció a la que sería su esposa, gracias a la intervención de una poderosa hechicera capaz de ver el hilo rojo. (Fijémonos, que la creencia de que hay personas que ven más allá, está presente desde tiempos impensables y en numerosas culturas).

Así, dicho Emperador le pidió a la hechicera que siguiese su hilo rojo para conocer a la mujer de su destino, y así lo hicieron.

La búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con un bebé en los brazos, ofrecía sus productos.

Al llegar allí, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: “Aquí termina tu hilo”. Sin embargo, al emperador no le hizo demasiada gracia que su destino se entrelazara con esa mujer tan pobre, por lo que enfureció, creyendo que era una burla de la hechicera.

Así, empujó a la campesina que aún llevaba a su bebé en brazos, haciéndole caer. El bebé, una niña, se hizo una gran herida en la frente que dejó una cicatriz muy particular.

                                                      A la hechicera, por su parte, ordenó que le cortaran la cabeza.

Y cuál fue la sorpresa del emperador, que el día de su boda, cuando tuvo delante a la mujer con la que iba a casarse, vislumbró que en su frente tenía una herida, que se habría hecho en una caída mientras era un bebé.

 

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